El juego de la vida

El tantra nació espontánea y naturalmente hace miles y miles de años. El ser humano en contacto con la naturaleza, chamánico, siempre fue y es, en realidad, tántrico, inocente, espectador, agradecido, creador y transformador de la realidad que le envuelve. Acepta la luz y acepta la sombra y las cultiva para que ambas se sientan atendidas y no lo conduzcan hacia los extremos. Acepta la vida y la muerte, el placer y el dolor y todas las aparentes contradicciones de la existencia. El ser humano tántrico sabe que el mundo es un círculo, una esfera, no una línea uni o bidireccional. Un círculo cuyos puntos mantienen una equidistancia con el centro consiguiendo que cualquier situación sea una expresión de vida, tan válida como otra, sin más, sin juicio, sin valor, neutra, posible y, en consecuencia, susceptible de ser vivida y experimentada en su totalidad para integrar ese nuevo conocimiento al cómputo de vidas que el alma lleva existiendo para aprender.

Ésa es nuestra única misión: aprender, descorrer los velos de la ignorancia, para saber ver –no con los ojos, sino con la conciencia- qué es la Realidad y, entonces, disfrutar de ella. Porque esto, amig@s, es un juego, sin más, un hermoso juego lleno de infinitas posibilidades de desarrollo, de jugosas alternativas donde ocurren y suceden acontecimientos que nosotros –sí, nosotros mismos- generamos para aprender. Como dijo aquél, el alma convoca a las circunstancias.

Nosotros ya hemos elegido absolutamente todo lo que nos ocurre cada día. Las pérdidas, las muertes, las decepciones, los malos tragos, las separaciones, las depresiones, los desánimos, el desaliento, todo ese dolor... y todo lo maravilloso: la fe, la fuerza, la luz, la entrega, el amor, la esperanza, la alegría infinita por vivir, la expansión, las certezas... ya fueron escogidos por nosotros en un estado de conciencia tan profundo que hemos olvidado y que es nuestra misión recordar, rescatarlo y traerlo a la vigilia, de la forma que sea. Hemos optado por todo ello para ser una muestra evidente de que la dualidad es sólo aparente, porque desde la perspectiva del testigo de nuestra propia vida que también somos –no el hacedor, sino lo hecho- todo es lo mismo: energía en forma de instintos, emociones o pensamientos.

Y con todo ello, el universo, como manifestación creativa de esa conciencia que se transforma primero en energía y después en materia (diferentes estados del mismo substrato), es un ente creativo y autotransformador que va gestándose, destruyéndose y originándose segundo a segundo, instante a instante, con el deseo de evolución como germen. Todo se crea y se destruye en este mismo y preciso momento, on-off-on-off-on-off... ahora, ahora, ahora y ahora también... de manera tan rápida que nuestros sentidos no pueden captarlo.

En verdad, el ser humano es, simple y milagrosamente, existencia, conciencia y felicidad infinitas.

Pero para que ello sea una verdad evidente, consistente y sustancial en nuestras vidas diarias son necesarios –cómo no- los dos aspectos de la realidad [de apariencia no de esencia]: un camino masculino, directo, de esfuerzo, trabajo, energía, actividad, desarrollo, de hacer y un camino femenino, de entrega, de rendición, de pasividad, de escucha, de observación, de espera, de dejar hacer, de ser.

Ése es el ser humano tántrico: el que germina, gesta y difunde una nueva manera de ser y de hacer que integra absolutamente cualquier manifestación de la realidad, porque todo es sagrado, todo es obra de Dios (individualizado en nuestro libre albedrío, en nosotros mismos), todo es un inocente juego. Es tan divino nacer como morir, crear como destruir, amar como temer... todo es lo mismo con diferente forma y aquello que, de verdad, honramos es la propia existencia en cualquiera de sus expresiones.

Aprendamos a leer la Realidad, cultivemos nuestro propio criterio, guiémonos por las conclusiones extraídas de nuestras vivencias, experimentemos [la experiencia directa es la única certeza que poseemos sobre cualquier asunto], veamos a nuestros semejantes como lo que son: hermanos que nos acompañan en el camino y respetémoslos, esforcémonos por ser quienes somos y crear el mundo que anhelamos, amemos todo como lo que es, prueba de Dios y de nosotros mismos, y, sobre todo, disfrutemos, riamos y evolucionemos desde el coraje, el amor y la sabiduría.

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